jueves, 27 de julio de 2017

PLAZA DE LA TRIPLE ALIANZA

TENOCHTITLAN, TLACOPAN Y TEXCOCO
Roberto Samael C. E.
Después de una larga peregrinación iniciada en Aztlán, los mexicas se asentaron en Tenochtitlan, en 1325. El Valle de México y las zonas aledañas estaban dominados por los tecpanecas de Azcapotzalco, quienes exigían tributo a los pueblos asentados alrededor de los lagos. El señorío de Texcoco se resistió a ese dominio y se convirtió en su enemigo.
Los mexicas, al demostrar su capacidad guerrera, obtuvieron un trato privilegiado de los tecpanecas, quienes les cedieron parte de los tributos que cobraban. Cuando Maxtla, hijo de Tezozómoc, asumió el poder, los tecpanecas se dividieron. Esta fragmentación fue aprovechada por mexicas y texcocanos. Los primeros formaron alianza con los de Tlacopan o Tacuba, e incluso llegaron a incorporar a los huexotzincas, habitantes del valle de Puebla-Tlaxcala, en la lucha contra los tecpanecas.
Con el triunfo de los aliados se creó la Triple Alianza (Tenochtitlan, Tlacopan y Texcoco), que funcionó para apoyar a sus integrantes y recuperar pueblos que se habían salido de su dominio, así como para expandirse hacia otros lugares.
En la actualidad, este suceso memorable, es recordado en una esquina de nuestro Centro Histórico, en donde con figuras soberbias de los Tlatoanis, se conmemora la unión en el año 1430 entre los gobernantes de los pueblos de Tenochtitlan, (Izcoatl), de Texcoco (Nezahualcoyotl) y de Tacuba (Totoquihuatzin) quienes se dice se reunieron en este lugar para acordar esta alianza que tendría como objetivo sacudirse de la influencia de rey de Azcapotzalco.
Esta Alianza permitió un notable desarrollo en el México Prehispánico basado en sus vínculos militares, políticos y económicos. Las esculturas de estos nobles personajes, se encuentra en la calle de Filomeno Mata, fueron elaborados por el gran escultor mexicano Jesús F. Contreras entre 1888 y 1889. En el jardín también podemos observar un busto a Filomeno Mata. Esta plaza pertenece a la dirección de museos del Ejército y Fuerza Aérea Mexicana.

TLATOANIS
NEZAHUALCÓYOTL: “Coyote en ayuno, o coyote al acecho”. Autor Jesús F. Contreras 1866-1902, procedencia: formó parte de la colección del museo nacional de la artillería. Alto relieve en bronce 1888-1889, 360 x 225 cm. Gobernante de Texcoco que de 1431 a 1472 reorganizo las leyes y la administración de su pueblo propiciando un gran florecimiento económico y cultural. Famoso también por sus poemas.
ITZCÓATL: “Serpiente de obsidiana”. Huey Tlatoani de Tenochtitlan. Autor Jesús F. Contreras 1866-1902, procedencia: formó parte de la colección del museo nacional de la artillería. Alto relieve en bronce 1888-1889, 360 x 225 cm. Gobernante mexica que de 1428 a 1440 libero a su pueblo del señorío de Azcapotzalco y dio inicio a la fase de expansión y conquista mexica.
TOTOQUIHUATZIN: “Entrada de aves”. Autor Jesús F. Contreras 1866-1902, procedencia: formó parte de la colección del museo nacional de la artillería. Alto relieve en bronce 1888-1889, 360 x 225 cm. Gobernante de señorío de Tlacopan (Tacuba). Según varios testimonios, Totoquihuatzin, era nieto de Tezozómoc de Azcapotzalco, que, junto con Itzcóatl y Nezahualcóyotl, planeó y logró la unión de Tenochtitlan, Texcoco y Tacuba, “La Triple Alianza”. Se piensa que nació a principios del siglo XV y que murió hacia 1472. Como poeta dejó algunas composiciones de honda reflexión religiosa, fue autor de varios poemas de tipo filosófico, su poesía recuerda al pensamiento de Nezahualcóyotl.
Los bajorrelieves que allí están expuestos son obra del escultor mexicano Jesús F. Contreras en 1881​ para formar parte de la representación de México en la Exposición Universal de 1889. Existe un cuarto relieve, el de Cuauhtémoc, que se halla en el interior del Museo del Ejército, sobre cuyo costado se yergue esta Plaza. Similares réplicas de estos cuatro magníficos relieves se yerguen en lo alto del Monumento a La Raza.

lunes, 24 de julio de 2017

EX TEMPLO DE SANTA TERESA LA ANTIGUA

SAN JOSÉ DE CARMELITAS DESCALZAS
Roberto Samael C. E. 
Quien visita el Centro Histórico, se dará cuenta de la gran cantidad de iglesias que hay. Personalmente creo que, si se restauraran, se cuidaran y se les diera a estos inmuebles el valor y atención que merecen, bien se podría hacerse en un tipo de turismo sacro, especialmente para visitar estos lugares, y no tendría que ver nada lo religioso, pero si se podría conocer, ver y aprender históricamente como se concebía la religión en México en tiempos coloniales. Lo cierto es que sería de gran interés y muy beneficioso para todos y así, tal vez se evitaría que muchas de ellas se pierdan, pues están en ruinas, y realmente es triste que eso suceda. Sobre una de estas iglesias que fue rescatada y ahora se le da un uso diferente, que ha ayudado a preservar algo de toda la grandeza que tuvo.
Nos referimos a la iglesia de Teresa la antigua o el Ex Teresa, que conocido como convento de San José o Ex Templo de Santa Teresa la Antigua, está ubicado en la calle de Licenciado Primo de Verdad, entre Palacio Nacional y Templo Mayor del Centro Histórico. Este recinto fue llamado en su época convento de San José de Carmelitas Descalzas. La fundación de este lugar se debió en su mayoría al fervor religioso de dos monjas, Inés de la Cruz y Mariana de la Encarnación. Que teniendo esto en mente Inés de la Cruz y Mariana de la Encarnación y motivadas por la lectura de las obras de Santa Teresa, encendió en ellas el deseo de fundar un convento de carmelitas descalzas.
Sin embargo, la falta de medios para conseguirlo las detenía totalmente, pero la voluntad decidida de las dos monjas las hizo saber de un caballero adinerado que vivía en la Ciudad de México llamado Luis de Ribera, quien deseaba fundar en México un convento de monjas carmelitas, y había solicitado que viniese de España una fundación; y si esto no era posible, un Breve Pontificio para fundarlo aquí con las señoritas que quisiesen y carecían de recurso. Tiempo después, en unos predios donados por Juan Luis de Rivera, quien sabia del afán de las monjas y sus escasos recursos, les hace entrega de los mismos a Inés de la Cruz y Mariana de la Encarnación. Aprobado mediante una bula expedida por el Papa Pablo V. Después de tantas peripecias, se concluye la construcción el primero de marzo de 1616, designando como patrono del templo y convento a San José de quien se tomaría el nombre para dicho convento.
Un dato curioso, habiendo sido sorteado 7 veces el nombre de San José para ser nombrado, las siete veces salió favorecido. Por otra parte, en medio de problemas surgió uno más para las monjas: sus similares, las monjas carmelitas descalzas del convento de Puebla, fundado pocos años antes, juzgaron inconveniente que no fuesen ellas las que fundaran este nuevo convento de su orden. A pesar de esta nueva amenaza, Inés de la Cruz y Mariana de la Encarnación se limitaron a no reconocer la queja de las otras. Tal actitud inquietó a las de Puebla y para cuando el convento concluyó sus obras, insistieron en que se les entregase, exponiendo su solicitud en una carta de más de veinte hojas.
La obra finalmente pudo comenzar y no escaseaban las limosnas y se proseguía con empeño. De 1678 a 1684 cobró la fisonomía barroca que conserva hasta nuestros días, y en el que prevalece un diseño austero acorde con la filosofía de la orden de religiosas de las Carmelitas Descalzas que lo habitaron. En el siglo XIX, la devoción y aprecio por la imagen del Cristo de Ixmiquilpan o Señor de Santa Teresa llevó a que en la iglesia del nuevo convento se venerara una imagen de este Cristo Crucificado. Esta imagen era reverenciada en la feligresía del Cardonal, de donde vino el llamarlo como el Señor del Cardonal.
Cuando llegó a la Ciudad, después de un tiempo fue colocada en el convento de Santa Teresa, pero no había ni altar ni lugar para ponerla, así que se decidió ponerla en una capillita al lado de la Epístola del altar mayor. No conformes con el lugar en donde se había dispuesto la imagen, comenzaron las obras de una nueva capilla exterior al cuerpo de la iglesia vieja. Después de estas primeras construcciones, la iglesia de las carmelitas descalzas se vio intervenida varias veces para lograr lo que hasta hoy se puede observar. Y en un espacio de seis años quedó concluida, y a la santa imagen se le designó un lugar en el altar mayor, durando ahí más de cien años.
Tiempo después se pensó en otorgarle nuevamente un lugar mejor a la imagen y se mandó a erigir una nueva capilla y altar. Al final se optó por una cúpula que cubriría el altar donde estaba colocada la imagen. La construcción de esta capilla es considerada hoy en día, única por la solución arquitectónica de su cúpula de doble tambor; las pilastras o columnas descansan sobre bases y los entablamentos y áticos de coronamiento están correctamente utilizados en proporciones monumentales. El predominio de la línea horizontal sostenidas sin interrupción, hacen fría y académica esta construcción.
Se puede observar un orden dórico, con un friso decorado con triglifos y metopas, ornamentadas a su vez con rosetones de un carácter sui generis, la cual fuera dada por el arquitecto Antonio Velázquez de González. Sin embargo, don Manuel Tolsá se llevó el crédito de esta construcción por ser considerado como uno de los arquitectos de la época más carismáticos y populares. Don Rafael Jimeno, director de la Academia de San Carlos, fue el encargado de la creación de los adornos interiores, en escultura y pintura.
Desafortunadamente para 1845 un 7 de abril, un terremoto sacude la Ciudad de México ocasionando el derrumbe de la cúpula y la bóveda de la capilla del Cristo causando la perdida de las pinturas de Jimeno y Planes. Lorenzo de Hidalga reconstruye la bóveda y Juan Cordero se encarga del decorado del techo de la misma y de la parte interior de la cúpula, realizando los muros titulados “Renovación del Cristo de Santa Teresa” y “La Divina Providencia”, mientras que en la parte superior de la cúpula es donde realiza el mural “Dios Padre de las Virtudes”, y en las pechinas (medallas) de esta pintaría a los apóstoles San Juan, San Lucas y San Marcos, dejando la pintura sobreviviente de Ximeno y Planes la cual se había dañado por el sismo.
Debido de la aplicación de las Leyes de Reforma en todo el país, el Convento fue cerrado para utilizar sus espacios en el nuevo proyecto de Nación y dar así cabida a la primera Escuela Normal, la Escuela de Odontología y la de Iniciación Universitaria. La exclaustración de las monjas en 1861, debido, a la intervención francesa y el decreto del 26 de febrero de 1863, demostró que había veintidós mujeres en el convento de Santa Teresa la Antigua. Tenía veintiséis fincas cuyo valor ascendía a doscientos veintiún mil pesos que redituaban anualmente a catorce mil y los capitales activos les producían otros mil cuatrocientos. La iglesia quedo clausurada al culto en 1930 y, desde entonces, varios han sido los usos y remodelaciones que ha sufrido el inmueble.
Entre sus funciones ha estado la de cuartel militar, Escuela Normal de maestros, Facultad de Odontología y Rectoría de la UNAM y la Universidad de Vasconcelos. Fue utilizado como, bodegas, sala de conciertos. También fue destinado para talleres de imprenta del Diario Oficial, órgano del Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos y para el Archivo de la Secretaría de Hacienda. En 1978, Santa Teresa la Antigua es restaurada por la Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas (SAHOP), ya que se encontraba en condiciones lamentables.
Después de toda una historia de remodelación y restauración que inicio en 1978, no es sino hasta que, en 1993 a la fecha, alberga el proyecto de cultura del Instituto Nacional de Bellas Artes y se abre de nuevo al público, y se convierte en “ex Teresa Arte Actual” que sirve como exponente de cultura y arte contemporáneo, en el actual Centro Histórico de la Ciudad de México.
Algunos datos a considerar, sobre este ex convento, y que se deben mencionar, es sobre los entierros, y se sabe que encontraron tumbas “Entre hábitos de jerga gruesa, con los pies descalzos, casadas con Dios y cobijadas por azulejos, sobrevivieron a los posibles saqueos de cada remodelación,  los restos de 27 fosas, en el mismo lugar donde recibían su habito y profesaban las Carmelitas descalzas, con la misma distribución que en otros conventos de monjas de la Nueva España, aunque fosas no completas, pues se encontraron algunas vacías y entierros incompletos, a pesar de haber sido declarado este lugar como monumento histórico en 1931.
También destaca, que en el terremoto en 1845 las pinturas de Rafael Jimeno realizadas en la cúpula, bóveda y el ábside, se perdieran y solo se salvara la que representa al evangelista San Mateo, misma que subsiste en una pechina junto a los 3 evangelistas pintados por Cordero, mismas que se deterioro con el paso del tiempo, no por fuerzas de la naturaleza, sino por la indiferencia y el abandono en el que el lugar fue condenado por años.
Aquí en el Ex Teresa, o antiguo convento de San José del Carmen, fue donde Sor Juana Inés de la Cruz, profesó por primera vez, y se cuenta que, por la rigidez y las duras disciplinas de la orden, no aguanto y su estancia en ese antiguo convento fue breve. Finalmente, notaran que, al visitar el Ex Teresa, destaca y sorprende de inmediato, su hermosa cúpula obra de Lorenzo de la Hidalga y esa magnificas pinturas que maravillan al visitante, el autor fue Juan Cordero. Otro de sus secretos que guarda este ex convento, es que ahí, por poco tiempo estuvo la corregidora, Doña Josefa Ortiz de Domínguez como prisionera, en una de las celdas del convento… Un lugar que aconsejamos visitar.

lunes, 17 de julio de 2017

UN JAGUAR EN EL CENTRO HISTÓRICO

FRAGMENTOS DE MÉXICO TENOCHTITLAN 
A la caída de la gran Tenochtitlan, sus maravillosas construcciones de templos y pirámides quedaron destruidas, sus piedras fueron reutilizadas y con ellas levantaron iglesias, coloniales casonas, palacios y otras construcciones que muchas de ellas aún podemos apreciar en nuestro Mágico Centro Histórico. Estas piedras talladas de las llamadas “pieza suelta” quedaron a la vista de todos, pero dispersas entre las calles de este maravilloso sector y aun las podemos buscar, encontrar y contemplar, pues son el legado mudo de nuestro gran pasado.
Una de estas piezas, un tipo dintel con forma de un felino, (ocelote o jaguar) la podemos apreciar en una esquina de una antigua construcción que en la actualidad es un negocio y que se encuentra muy cerca de la Avenida Circunvalación en el área de la Merced. Ahí incrustada en la parte alta de una casona, está la interesantísima cabeza felina de época prehispánica, que fue tallada en una piedra basáltica, colocada justo sobre el margen donde convergen la esquina de sus dos fachadas que forman las calles de Callejón de San Marcos antiguamente (Callejón de Pachecos) y Emiliano Zapata (Calle de los 7 Príncipes).
Recordemos que en el México prehispánico el jaguar jugo un papel muy relevante, era parte de su vida, de su religión y le temían y lo veneraban. Según la revista de Arqueología Mexicana, el Jaguar era fuerte y ágil, con un agudo sentido del olfato y afiladas garras, se convirtió en parangón de las virtudes masculinas, identificado con cazadores y guerreros y, por analogía, con la guerra y el sacrificio. Asesino silencioso y furtivo, su habilidad para ver en la oscuridad lo asocian con la brujería y la magia, como alter ego de chamanes o espíritu familiar de sacerdotes y reyes.
Si usted quiere conocer a este emblemático felino y se encuentra en la zona del Zócalo, tendrá que tomar la calle de Moneda, de ahí a varias cuadras hacia el oriente logrará encontrar y apreciar esta peculiar pieza, elaborada en buen tamaño y que podría tener más de su cuerpo, pero no se aprecia, o tal vez solo es un dintel, una figura que adornaba algún edificación de la Gran Tenochtitlan. La escultura representa la cabeza de un felino con gran realismo, las fauces están semi abiertas mostrando los colmillos. Tiene un golpe, una fractura en el lado derecho. Encima de esta cabeza de “Jaguar”, hay una cruz de argamasa que fue colocada ahí para acompañar a esta singular fiera.
Tal vez solo sea una figura tallada en una piedra, una de esas piezas sueltas que podemos apreciar aun dispersas en el  Mágico Centro Histórico. Pero es una pieza especial, que al que gusta de la historia, el que busca estas rarezas y símbolo de nuestro pasado, podrá contemplarla, comentarlo, tomarle fotos y disfrutarla e imaginar su origen de como llego ahí  y que después de tantos años aún podemos apreciar.
 
Roberto Samael C E