viernes, 3 de enero de 2014

IGLESIA DE SANTA INÉS

La fundación del Convento de Santa Inés se inspira en esta forma de percibir el mundo. Durante los años virreinales se forjó en la Nueva España la costumbre de participar en la vida religiosa ingresando a algún miembro de la familia al clero o bien aportando donaciones a las congregaciones necesitadas, siempre con la esperanza de obtener el favor divino. A pesar de no tener hijos, el matrimonio formado por doña Inés de Velasco y Diego de Caballero fundó el Convento de Santa Inés, iniciando así su devenir, en una historia que ha trascendido hasta nuestros días.

Doña Inés de Velasco y Diego de Caballero poseían importantes negocios en la Nueva España, ya que eran dueños del ingenio azucarero más importante del virreinato, que se ubicaba en Amilpas cerca de Cuautla. Por su parte, el padre de Inés, Bernardino del Castillo, estuvo al servicio de Hernán Cortés como mayordomo, en la conquista del mar del Sur y en las expediciones a California, hecho que le valió los títulos de alcalde ordinario en 1558 y de la Mesta un año después. De igual forma fue premiado con ricas tierras, incluyendo un importante solar en la Ciudad de México que heredó a su hija. La unión de ambas fortunas fructificó en limosnas para la iglesia de San Francisco y en la fundación de un monasterio novohispano que albergara a jóvenes sin recursos que desearan ingresar al convento y dedicar su vida a la oración. En aquel tiempo existían ya 10 fundaciones en la Ciudad de México pero eran insuficientes y no cualquier familia podía aspirar a ellas. Santa Inés nacería totalmente de la iniciativa privada, con la autorización eclesiástica correspondiente; no se cobraría dote y, según el testamento de doña Inés, sus bienes servirían para cubrir por completo los gastos de sus habitantes. Terminada en 1770, la iglesia resulta interesante sobre todo por los relieves en madera que hay en sus puertas exteriores, y por su cúpula, graciosamente adornada con fajas de azulejos que semejan rebozos. Considerado como un templo de transición entre el estilo barroco churrigueresco y el neoclásico que floreciera en el siglo XIX, esta iglesia pertenecía al Convento de Monjas del mismo nombre y en cuyo claustro se alberga hoy el Museo José Luis Cuevas. En este templo fue enterrado Miguel Cabrera, reconocido pintor novohispano.


Miguel Cabrera nació en Antequera de Oaxaca en 1695. Los nombres de sus padres son desconocidos, pero de sus tíos se tiene noticia de que fueron una pareja de mulatos. Se presume que se formó en el taller de José de Ibarra en donde inicia su actividad artística hacia 1740. Cabrera tal vez sea el pintor novohispano más conocido en México, puesto que se le atribuyen trescientas obras aproximadamente. Por una parte, se encuentra su pintura relativa a la vida de diversos santos, como Vida de San Ignacio en la Iglesia de La Profesa en la Ciudad de México y Vida de Santo Domingo en el monasterio de la misma ciudad. Su obra ganó tal fama y reconocimiento en la Nueva España que llegó a ser pintor de cámara del arzobispado de México, Manuel Rubio y Salinas.
La pinturas es del pintor de origen oaxaqueño Don Miguel Cabrera y se titula, el suplicio de Santa Prisca.

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